Una mañana típica en el día de un mountainboarder

Despertar con el sol. Poquita luz, y un silencio casi total en tu casa y en la calle.
Desayunar. Rápido porque las ganas no te dejan perder más tiempo.
Agarrar tu ropa, esa vieja y con hoyos que hasta se despintó de tanto polvo y tierra que ha conocido.
Tomar tu tabla, revisar si las llantas tienen suficiente aire, que todos los tornillos estén apretados y salir.
Afuera, el aire fresco de la mañana te anuncia un bonito día, y escuchas los pájaros, despiertos desde la misma hora que tú, desde el amanecer.
Aventar al carro tu tabla y mochila en la cual ya preparaste tu equipo y una botella de agua. Lo mínimo. Lo necesario.

Manejar en las calles vacías y tranquilas, en esas horas matutinas. El sol sigue bajo y la luz está bonita. El aire está despejado, y admiras las montañas a tu alrededor, mientras vas saliendo de la ciudad.
Llegar. Estacionar tu carro, poner tu mochila en la espalda y empezar a caminar, con tu tabla en la mano.
Subir el cerro. Alegrarte por el conejo que acaba de cruzar el camino frente a ti a toda velocidad. La tierra está ligeramente húmeda y la temperatura agradable.
Llegar a la cima del cerro. Observar el paisaje a 360 grados y darte cuenta que nevó sobre los volcanes durante la noche.
Abrir tu mochila. Ponerte tu equipo mientras pasa corriendo una lagartija entre tus pies, y apretar tu casco.
Subirte a tu moutainboard y apretar los fijadores alrededor de tus pies.

Y por fin, lanzarte en esa bajada. Seguir este camino entre los árboles, cada vuelta que das levanta una pequeña nube de polvo que se queda atrás.
Salir del camino y aventurarte al pasto, saltar para evitar una piedra. Un montículo de tierra te permite dar un impresionante salto, y un pequeño derrape te hace bajar la velocidad.
Sientes el aire fresco en los cachetes y la adrenalina apoderarse de tu cuerpo con la velocidad. Sientes que tu tabla es la prolongación de tus piernas, que le tienes un control total. Sientes que la tierra, tú y tu mountainboard son una misma cosa. 
Un magnífico powerslide pone un fin a este recorrido, en una enorme nube de polvo, levantada por las llantas de tu tabla.
Te llega entonces un agradable sentimiento de satisfacción, que te llevará cerro arriba una y otra vez, sin importar la distancia o la pendiente.

Esto es mountainboard... y falta tanto por contar.

Martino